Ahmadinejad visita Bolivia: la verdadera cara del régimen iraní
escrito por El Militante
lunes, 23 de noviembre de 2009
La visita del
presidente de la República Islámica de Irán, Ahmadinejad, a Bolivia ha
despertado la histeria de la prensa reaccionaria en el país y en el extranjero.
Quizás el caso más escandaloso es el de Maria Anastasia O’Grady que escribe un
artículo en el Wall Street Journal con el título de “El fin de la democracia
boliviana”. Artículos y editoriales similares han aparecido en toda la prensa
capitalista en Bolivia.
Los
revolucionarios bolivianos denunciamos esta campaña hipócrita de los agentes
del imperialismo USA y la prensa al servicio de la oligarquía. ¿Qué derecho
tiene O’Grady ha hablar de dictadura en Bolivia, cuando ha apoyado abiertamente
el golpe de estado en Venezuela en abril del 2002, el régimen asesino de Meza,
responsable de la matanza de decenas de bolivianos en El Alto durante la guerra
del gas, y más recientemente ha apoyado el golpe de estado en Honduras?
¿Qué derecho
tiene la prensa derechista en Bolivia a criticar a nadie cuando ellos apoyaron
todas las dictaduras que ha tenido este país y estuvieron implicados en el
intento de golpe contra el gobierno legítimanente elegido de Evo Morales en
setiembre del año pasado?
Y se acabaron los
días en que la política interna y externa de Bolivia se decidía en Washington o
en los despachos de la embajada de EEUU en La Paz. Bolivia tiene el derecho a
establecer relaciones comerciales y diplomáticas con cualquier país.
Sin embargo, como
marxistas revolucionarios, nos preocupa otra idea que se está promoviendo a raíz
de la visita de Ahmadinejad a nuestro país: la idea de que de algún modo el
régimen iraní es “anti-imperialista”, “revolucionario”, y que la política
exterior de la revolución boliviana debe de estar guiada por el principio de la
“multipolaridad” o lo que es lo mismo, el principio de “el enemigo de mi
enemigo es mi amigo”.
En primer lugar,
hay que dejar claro que el régimen iraní de la República Islámica no es un
régimen revolucionario. La revolución iraní que triunfó en 1979 fue una
auténtica revolución de masas, con la participación activa de la clase obrera,
la juventud, el campesinado, los soldados, las mujeres, etc. El factor decisivo
que precipitó la caída del odiado Shah fue la huelga general de los
trabajadores petroleros. Millones de obreros organizaron shoras (consejos de
fábrica) en sus empresas y tomaron control de la gestión y administración de
las mismas.
Millones de
campesinos ocuparon las tierras de los latifundistas (como aspiran a hacerlo en
Bolivia hoy en día). Los estudiantes ocuparon sus liceos y universidades para
democratizarlas a fondo y acabar con el elitismo que las dominaba. Los soldados
formaron también sus shoras (consejos) y procedieron a purgar el ejército de
sus oficiales reaccionarios. Las nacionalidades oprimidas (kurdos, azeríes,
árabes, etc) conquistaron su libertad. El pueblo iraní en su conjunto se
sacudió el yugo del imperialismo.
Sin embargo, el
actual régimen iraní de la República Islámica se consolida en el periodo de
1979-83 precisamente sobre la base del aplastamiento de esa revolución por
parte de los clérigos islámicos fundamentalistas. Durante un periodo de varios
años se van destruyendo todos los logros de la revolución de 1979. Se
devolvieron las tierras a los terratenientes, expulsando a los campesinos que
las habían tomado. Se destruyeron los consejos de fábrica que fueron
reemplazados por shoras islámicas en las que los trabajadores no tienen derecho
a organización ni a huelga. Se impuso una particular interpretación de la
religión islámica a toda la población, llevando a la negación más absoluta de
los derechos de la mujer y creando un ambiente de opresión ideológica para la
mayoría de la población.
El secuestro y
aplastamiento de la revolución obrera y popular de 1979 por parte de los
clérigos islámicos fundamentalistas sólo fue posible por las políticas
equivocadas de todas las organizaciones de izquierdas que creyeron que podían
formar un frente unido con los clérigos musulmanes dirigidos por el Ayatollah
Khomeini al que veían como una figura “anti-imperialista”. Pagaron caro por sus
errores. En un período de cuatro años, con ataques cada vez más brutales contra
la izquierda, se consolidó el poder de la República Islámica sobre lo que había
sido una revolución de carácter obrero y anti-imperialista. Para poder hacerlo,
los clérigos musulmanes se vistieron con un ropaje anti-imperialista,
organizando el incidente de la embajada de los EEUU y después usando de manera
muy habilidosa la guerra contra Iraq. Para 1983 todos los partidos de la
izquierda habían sido ilegalizados (a pesar de su apoyo a un frente unido con
Khomeini), y unos 30,000 militantes de los diferentes grupos de la izquierda
reformista, revolucionaria y nacionalista habían sido asesinados. Éste es el
auténtico orígen de la República Islámica que existe en Irán hoy en día. No un
régimen revolucionario, sino un régimen nacido del aplastamiento de una
revolución.
La situación
actual a la que se enfrentan los jóvenes, trabajadores y campesinos
revolucionarios de Irán es la de la más brutal represión de sus derechos básicos.
En Irán, los trabajadores no tienen derecho a organización ni a huelga y si
desafían esas prohibiciones se enfrentan con la represión más brutal. Cuando
unos 2,000 sindicalistas trataron de organizar una celebración del 1º de Mayo
en Teheran este año 2009, la policía les reprimió brutalmente y 50 de ellos
fueron detenidos (algunos continúan en la cárcel). A millones de trabajadores
iraníes se les deben varios meses de salario. Si tratan de organizarse, son
reprimidos por la policía.
Mientras que en
Bolivia, el proceso revolucionario ha tenido como uno de sus ejes la lucha
contra la privatización (del agua, del gas, de las empresas públicas), en Irán
Ahmadinejad ha acelerado las privatizaciones de las empresas públicas (167
privatizaciones en 2007/08, y otras 230 en 2008/09), incluyendo la
privatización de las telecomunicaciones, de la acería Isfahan Mobarakeh Steel,
de la Petroquímica Isfahan Petrochemical Company, de la cementera Kurdistan
Cement Company. En la lista de empresas a privatizar se incluyen la mayor
petroquímica del país, todos los grandes bancos, empresas del gas, petróleo,
seguros, etc.
El gobierno de
Ahmadinejad, aunque critica al imperialismo estadounidense intentando desviar
la atención de las masas de los problemas internos, ni siquiera es coherente en
su lucha contra ese enemigo al que critica. La intervención militar
estadounidense contra Irak contó con la anuencia o, como mínimo, la pasividad
del gobierno y la clase dominante iraní, que veían en el debilitamiento del
régimen rival iraquí una oportunidad para afianzar su poder en la zona. El
régimen iraní lejos de fomentar una lucha unitaria y revolucionaria por la
liberación nacional del país vecino ha desempeñado un papel clave en frenar
ésta y dividirla en líneas religiosas.
Estas son las
condiciones que han desencadenado un auténtico movimiento revolucionario de las
masas iraníes contra el odiado régimen de la República Islámica y el gobierno
de Ahmadinejad que llegó al poder mediante el fraude electoral y el
aplastamiento de las protestas contra el mismo.
Claramente, como
marxistas revolucionarios, nos oponemos a cualquier agresión o interferencia
del imperialismo estadounidense en Irán, del mismo modo que hemos luchado
contra el imperialismo en nuestro propio país. Sin embargo, sería un error muy
grave confundir la revolución con la contra-revolución.
Los aliados
naturales de trabajadores y campesinos bolivianos son nuestros hermanos de
clase en Irán, los trabajadores, jóvenes y campesinos que luchan por sus
derechos básicos: el fin de la opresión nacional para las minorías kurdas,
azeríes, árabes y otras; el reconocimiento de los derechos sindicales básicos
(de huelga, manifestación y organización); y pan, trabajo, salud y educación
para todos.
Hay que
distinguir la diplomacia y las relaciones comerciales, de una política exterior
revolucionaria. El gobierno del compañero Evo Morales, que se basa en la fuerza
de las organizaciones sociales de trabajadores del campo y de la ciudad, no
puede sembrar ninguna ilusión en el carácter del régimen reaccionario de
Ahmadinejad, que se basa en el aplastamiento de los derechos democráticos
básicos de los trabajadores y campesinos iraníes.
La auténtica
política internacional revolucionaria es aquella que busca la unidad de los
trabajadores, los campesinos y los oprimidos de todo el mundo, contra los
capitalistas, los banqueros y los imperialistas de todo el mundo. Basar la
política exterior de la revolución en alianzas con cualquier régimen que entre
en conflicto con los EEUU, sea cual sea su carácter, es incorrecto y además,
extremadamente peligroso para la revolución boliviana.